De cómo Ingrid Bergman y Juliette Binoche me salvaron la vida


detintasomos

Ustedes disculparán, pero eso de tener una hoja en blanco enfrente es una convocatoria a usarla como diván o confesionario. Comienzo estas líneas con una declaratoria de obsesión juvenil: mi único recuerdo de cuarto de primaria es la Miss Angélica. Yo no sé bien a bien qué clases me daba entonces, pero tengo el mapa exacto de su pelo oscuro, sus ojos negros, su nariz respingada, su boca de circunferencia perfecta y unas piernas largas, casi eternas, que yo miraba obsesivamente mientras ella recorría el salón.

Según mis cuentas, yo tenía 10 años y, como puede interpretarse, expresaba alguna precocidad (nada extraño considerando que era el hijo primogénito de un hombre cuya colección de Playboy daba la vuelta al barrio). El tema importante: me enamoré. Día tras día la miraba sin tregua. Hacia el final del primer periodo del curso, a inicios de diciembre, aturdido por su sonrisa y su…

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